A nueve décadas de su fusilamiento, la obra de Federico García Lorca sigue resonando con la fuerza de un duende indomable que desafió al olvido y conquistó la inmortalidad.
Hay nombres que no mueren; se convierten en paisajes, en llanto de guitarra, en luna sobre los olivares. Federico García Lorca es, más que un autor fundamental de la literatura universal, el pulso mismo de una España desgarrada y bella, atrapada entre el dolor de la tradición y el vértigo de la vanguardia. Hoy, 18 de agosto de 2026, al cumplirse noventa años de aquel fatídico amanecer en el camino entre Víznar y Alfacar, su poesía no se recuerda por nostalgias de museo: se respira, se canta y se debate con la urgencia del primer día.
Nacido en Fuentevaqueros en 1898, Federico llevó el alma de Andalucía a cada rincón del planeta. Su pluma logró fundir el duende del folclore popular con la audacia surrealista, dando vida a un universo literario único donde los caballos se vuelven símbolos de pasión y muerte, la luna es un presagio trágico y el amor es una condena tan hermosa como inevitable.

