Lun. Ago 3rd, 2026

Nuestros tiempos del «Rangel»/ Por: Benigno Contreras

Benigno1

Entrar como nuevo al Liceo “Rafael Rangel” todavía, a nuestra llegada, era encontrarse en un ambiente de bastante variación, sobre todo a nivel estudiantil: desde las polifónicas gargantas que se debatían entre la pubertad y la adolescencia, pasando por la languidez del mentón que aun no despuntaba vello alguno, hasta la brumosa y tupida barba que caracterizaba un corte al estilo del “Che”.

Muy diferente a los estilos de ahora, pues los cambios temperamentales y orgánicos, desde el ingreso al egreso, no son tan variables, a excepción de aquellos que van desde los que todavía sienten el sopor infantil hasta los que presienten la aurora del pronto despliegue del vello entre boca y nariz, algunos de los cuales, con su “grafito” enmochilado se dedican a desparramar el ímpetu de su pasión en un “T.Q.Q.J” ; o en las previstas jornadas, martes o jueves, de un inexplicable por qué para, justificando la acción, endilgarle a los farsantes o aprovechadores políticos un “¡Fuera corruptos !” en las que, casi siempre, salen perdiendo algunas vidrieras o los escolares de la “Eloisa Fonseca” ante la acostumbrada arremetida policial y sus gases lacrimógenos.

Egresar de la “Ricardo Labastida” para encontrarse con el “Rangel” era entrar con el corazón henchido y no era para menos : el Liceo “Rafael Rangel” aun gozaba de aquel prestigio que sonaba, no sólo a nivel regional sino también nacional, al lado de un “Simón Bolívar” del Táchira, del “Libertador” de Mérida, del “Fermin Toro” de Caracas, del “Lisandro Alvarado” de Barquisimeto, del “Udón Pérez” de Maracaibo; por la calidad que le dieron sus profesores y muchos estudiantes brillantes pero también por la aguerrida, organizada y consciente participación y solidaridad con los acontecimientos cruciales de la política nacional.

Era un encuentro con el deslinde ideológico en el cual, directa o indirectamente, había que tomar partido porque las contiendas por el Centro de estudiantes reflejaban la expresión de la agudeza política nacional y sin querer la fibra juvenil lo implicaba a uno.

Nuestra primera vivencia apreciaba las trincheras fogueadas: por un lado la gritería adeca comandada por el “Zurdo” Vásquez y José Labarca ; luego del lado verde las dirigidas por la fogosidad de Ramón Planas, Mario Maldonado, los “Morochos” González, Carlos Rivas Parra, el “Quique” Araujo y la “izquierdista” capitaneada por la aguerrida arenga de Leonidas Pérez, Luis Lobo y Jorge Valero.

Poco tiempo bastó para que estuviésemos envueltos en los movimientos grupales y ya, en segundo año, estábamos blandiendo nuestra bandera en la Juventud Católica que no dejaba de ser significativo e importante.

Con mucha devoción participábamos, entre otros, Amado Moreno Pérez, Antonio Vale, Henry Montilla, Manuel Cols, Rafael Briceño, el “Philli” Carrillo, Miguel Viloria, Jorge Solsona, Luis Salas, etc., hasta el día en que se nos ocurrió a Amado, a Antonio y a mí, llegar tarde a la película del “Cinelandia” mas, desde aquella penumbra, la garganta hereje del Rodulfo “Rufo” Mejías, hiriendo nuestro orgullo varonil gritaba : “¡Ahí van los Hijos de María !”, y al siguiente día el “comunismo” ganaba un nuevo adepto: Antonio Vale, entonces, ya germinándole la fibra literaria, escribía “Somos los génesis del cambio/ Somos la vida misma de la rebeldía/ Somos los que llevan la esperanza/ De una revolución que está vacía”.

Pero eran tiempos para el estudio de la política y la filosofía pues el debate ideológico se conjugaba con las inflexiones juveniles: Karl Manheim y Rómulo Betancourt se familiarizaban con los socialdemócratas; Jacques Maritain, Rafael Caldera, el Padre Lebret alumbraban a los socialcristianos; Nikitin, Lenin, Marx y Engels a los socialistas y para nosotros no nos eran desconocidas las encíclicas “Rerum Novarum” de León XIII, “Mater et Magistra” de Juan XXIII o “Populorum Progresso” de Pablo VI.

En los años siguientes ya conmilonábamos con otras caras para la solidaridad por la educación y la Universidad e hicimos banderas al lado de Chayo González, Nelson Pineda, el recordado “Mentiritas” Javier Alvarez; Guerrerito, el también recordado Alfredo Moreno, etc, etc. Ahora, Amado Moreno, Freddy Araujo y Antonio Vale también arengaban con su verbo desde la tribuna estudiantil.

Pero no todo fue la política, la animosidad de estar en el Liceo tenía su razón de ser. Allá estaban las que nos llevaron a sentir la necesidad de acicalar el copete al estilo Elvis Presley.

Los desmanes varoniles que provocaban los increíbles ojos de Betty Galea, o la sutileza de Sutil Gómez; las Bracamonte, las Pestanas, las Chacin y no seguimos por que llenan la página. Las veladas musicales y su alegría que nos proporcionaba el encanto de Sonia Bastidas, quien fuera una virtuosa mujer en los mejores sentidos de la palabra; las infaltables fiestas sabatinas a que éramos acreedores de las compañeras del Liceo o de la Juventud, especialmente las organizadas en casa de Marlene Briceño Moreno, sobretodo en tiempos de Navidad pues nunca faltaron los grupos gaiteros entre ellos “Los Cardenales del Éxito” y es que a Marlene ya se le notaba desde “chiquita” las inclinaciones culturales o “ateneistícas”.

Los torneos deportivos, intercursos e interliceistas montados por los profesores Luis Loreto Lira, Angela Delgado, “Fuma” Briceño, Vargas; Pirela y Humberto Lugo; también le daban al Liceo un renombre respetable. Para nosotros era una fiesta; seleccionar madrinas y escoger la reina era una algarabía y una vivencia inolvidable; las estrellas del deporte hacían gala, con esmero: Isbel Hurtado, Jorge Valero, el “Meniao” Bermúdez, Peter Hoffman; Alfonso Moreno, “Pérez Jiménez” Salas, Guillermo Parra, los Segovia, los Villegas, los Linares, los Cestari; nuestras estrellas del Cuarto año de Humanidades: Freddy “La Husa” Araujo, Antonio Vale, el recordado Vittorio San Germano y Luis “Pulga” Peña, y cantidad de rangelianos más, hicieron del Rangel una potencia en el deporte regional.

Los estudios eran fuertes, pero no traumáticos, gracias a profesores de respeto, de cariño y de sabia pedagogía: Toño Briceño, Jesús “Cateto” Rosales, el ingeniero Toño Picón y el “viejito” Rodríguez nos hicieron ver que las matemáticas podían ser resueltas; García Leal era de buena química.

Mascullamos el Ingles con “Chicharrita” Mendoza y hasta trastabillamos el trinitario con Eleazar González; con Bendezú, Terán y Falconí la Biología tenía vida; simpatizamos con el Castellano y Literatura gracias al Lic. Rafael Ángel Espinoza, Aristóbulo Rodríguez y la profesora Stella; nos hipnotizábamos con la Psicología de Ligia Montañéz.

En Geografía e Historia nos encontramos con un profesor sui géneris, de apellido Zea, venía de la hermana República y tenía la manía de andar con un pañuelo sobre la boca que luego se le confundía con el borrador y así, borraba con el pañuelo y el borrador, se limpiaba con el borrador y el pañuelo y al final de clase, de tanto intercambio de tiza, uno no distinguía cuál era el pizarrón.

Pero luego llegaron dos lumbreras: Enrique Villareal y Carmen Pérez. De ojos verdes llegó como una leona, rugiendo, pero de puro “lidiar” con tanto muchacho inaguantable ya sólo el maullido le quedaba y el último rugido le salió cuando a “Pérez Jiménez” Salas se le ocurrió entrar al Liceo montado sobre un burro, sin embargo para sus exalumnos y así la vemos, con el cariño, agradecimiento y respeto eterno, la profesora Pérez será la “gata” Pérez.

También nos resulta inolvidable aquella profesora de Filosofía y Sociología que llegó y pronto se fue, recibiendo cariño y admiración: Herminia Vicentelli quien además de su sabia enseñanza cerró nuestro ciclo liceísta dejando sentado en nosotros una grata impresión y satisfacción por el estudio.

Todo un ambiente académico que permitía pasar los gustos y los sustos con complacencia.

Se recibía el estímulo por la formación, cómo cuando fuimos seleccionados para dar una pequeña charla en algunas escuelas y otros liceos sobre la vida de Rafael Rangel, a propósito de su aniversario, en los años primero y segundo; y de esos sustos el que le pasó a la “Pulga” Peña cuando un escolar, azuzado por la maestra Enriqueta Viloria, le pidió que le explicara sobre epidemia y Luis, ante el tema inesperado, logró ver a su lado a Henry Montilla pero tuvo la inteligente evasiva : “Bueno, de la parte científica se encarga Henry”, quien, estudiante de Ciencias y agarrado “fuera de base”, bien batió la intención de la maestra.

Sin embargo, entre sustos y alegrías logramos coronar nuestro bachillerato llevando nuestra promoción el flamante nombre de “Treinta Aniversario del Liceo Rafael Rangel”.

Hace un año, exactamente, estábamos compartiendo el reencuentro de los rangelianos para celebrar los 60 años de fundado el Liceo.

Gente muy valiosa se hizo presente desde todos los rincones de Venezuela para darle tributo a la Institución que por mucho tiempo enalteció el orgullo trujillano y triste es hoy para nosotros apreciar cómo se ha descalificado, bueno, como le ha sucedido a todos esos grandes liceos públicos de la nación.

Hoy pasamos por el Liceo pero el monte y la basura lo asedian, sin embargo, aun está a tiempo de que se le rescate aquella gloriosa imagen.

Queda entonces en las manos de los actuales rangelianos rescatarle la condición de Liceo piloto del sentir estudiantil, como antes se sentía. (* Domingo, 5 de octubre de 1997).

RRSS

Related Post