La pornografía y la soledad se retroalimentan de forma tóxica, creando un «círculo vicioso» que destruye las relaciones humanas, y los beneficios para la salud que estas relaciones proporcionan, según el terapeuta y académico especializado en matrimonio y familia Mark Butler, además profesor de la Universidad Brigham Young, en un ensayo publicado en el blog del Instituto de Estudios Familiares, describiendo una investigación que realizó recientemente.
«Si la soledad puede conducir al uso de pornografía, el uso de pornografía puede provocar o intensificar la soledad, estas conexiones circulares pueden crear un círculo vicioso, que aleja aún más a la persona de las relaciones que benefician su salud», dijo
La sexualidad humana está biológica y neurológicamente vinculada a una experiencia relacional, explicó Butler. También está «cuidadosamente diseñada para favorecer tanto la concepción como la formación de vínculos afectivos».
Fantasía mental
Sin embargo, «cuando la pornografía se utiliza para activar el sistema sexual, la biología de dicho sistema produce una falsa experiencia de conexión, ofreciendo un ‘alivio’ temporal de los sentimientos de soledad, pero pronto el usuario se enfrenta de nuevo a una conexión real en el mundo».
«Este vacío puede desencadenar soledad. Además, la pornografía invita a la fantasía mental de una experiencia de pareja. Así, la mente crea fantasías y, biológicamente, el sistema sexual engaña al cerebro, haciéndole creer que está teniendo una experiencia de pareja, lo que puede enmascarar la soledad, pero solo temporalmente», señaló el profesor.
Añadió que las historias en la pornografía presentan narrativas falsas y poco realistas sobre la sexualidad que resultan decepcionantes. Los usuarios no pueden escapar al hecho de que, al terminar la experiencia pornográfica, se quedan solos en una habitación vacía y, «cuando desaparece la euforia sexual, la experiencia solo puede ahondar un vacío aún mayor, creando así un círculo vicioso», señaló el investigador, explicando cómo la pornografía engaña al cerebro.
«Cuando la pornografía se usa de forma compulsiva», explica, «el secuestro del cerebro se intensifica y reinicia el ‘termostato del placer’, lo que obliga al usuario a consumir aún más pornografía o material cada vez más explícito para elevar los niveles químicos lo suficiente como para lograr el mismo efecto y sentirse normal».
Distorsiona relaciones
Enfatizo: «Investigaciones recientes sugieren que los guiones sexuales de erotismo, objetivación, promiscuidad y misoginia (dominación) en la pornografía son fundamentalmente contrarios a las relaciones y al apego, y están ‘conceptualmente vinculados a la soledad'».
«Estas cosas son especialmente malas para los jóvenes y sus cuerpos en desarrollo», continuó, explicando cómo la pornografía distorsiona sus puntos de vista sobre las mujeres y los hombres, la intimidad y la sexualidad durante sus años de formación y perjudica su salud a largo plazo.
“Además, cuando los adolescentes sustituyen el sexting, las publicaciones sexualizadas en redes sociales, por encuentros relacionales en la vida real, parecen frustrar aún más sus intentos de entablar relaciones. El frenesí pornográfico puede estar interfiriendo seriamente en el camino de los jóvenes, personas que se están preparando para formar las relaciones más importantes, gratificantes e íntimas de su vida, esenciales para su bienestar”, destacó.
«En lugar de permitir que los medios de comunicación sexualmente explícitos nos adiestren a nosotros y a la próxima generación hacia la autoobjetivación —disminuyendo nuestra integridad y humanidad en el proceso—, puede que sea hora de considerar la posibilidad real de que el uso de pornografía represente un riesgo significativo para la salud pública en nuestras relaciones», concluyó Butler.
Fuente: Acontecer Cristiano

