Al otro lado del espejo: ALFREDO RELAÑO
Ya en 1910 Jack London se preguntaba con ocasión del Jack London-Jimmy Jeffries qué impulso había concentrado en Reno a 50.000 personas procedentes de cualquier rincón del país para presenciar aquel ‘combate del siglo’, y él mismo se contestaba que por un instinto atávico de competitividad. Ahora vemos que, contra pronóstico y a pesar de precios prohibitivos, los campos de este Mundial se ven rebosantes de un público salido de cualquier parte. Muchos, llegados de fuera; otros, población local con origen en alguno de los países contendientes.
Cada partido del Mundial es un suceso irrepetible y hay que estar ahí. Valdano contó que en España 1982 se dejaba caer por el aburrimiento de la concentración argentina un aficionado con el que pegó la hebra. Dedujo que no era hombre de muchos posibles, se atrevió a preguntarle si no le había costado mucho dinero el capricho y él le contestó con sencillez que había vendido la casa. Ese precio pagó por su ilusión.
El arrastre del fútbol sólo es equivalente al del boxeo en aquellos principios del siglo XX, lo estamos comprobando en este campeonato, que en su zona mexicana se despliega en territorio familiar, pero no así en Estados Unidos y Canadá, donde llena igualmente los campos a pesar del costo de las entradas, sorteable sólo siguiendo la fluctuación del sistema de ‘precios dinámicos’, y de las descomunales distancias a recorrer.
Los jugadores deben conocer y reconocer eso. Y en virtud de ello se les puede pedir a los nuestros que ante Arabia no repitan el indolente primer tiempo del día de Cabo Verde.
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