La humanidad aún se mantiene a la expectativa ante el eslabón perdido; cualquier rasgo, cualquier objeto, cualquier vestigio que ate a la imaginación en torno a la especulación o a la reflexión científica acerca del origen del hombre, de su presencia y su destino histórico recibe, prácticamente, un tratamiento sagrado. Las naciones, los pueblos del mundo se mantienen celosos cuando de restos arqueológicos se trata sobretodo cuando ello permite establecer una pista que los coloque en condición de descifrar sus raíces, de comprender el significado de su presencia histórica; especialmente, los restos arqueológicos, la simbología del arte rupestre o la petroglífica ha volcado tanto la atención que la imaginación misma se ha desbordado en comparaciones inverosímiles -hasta que no se llegue al Punto Omega, como hablaba el Padre francés Teilhard de Chardin- incluso intergalácticas. De algún modo el hombre sigue andando en el despeje de su propia incógnita y la razón de la protección de ese legado que aflora como herencia ancestral, tal huella para el despegue, comienza a recibir una celosa custodia. Y si la corteza terrestre es bondadosa para aflorarle a los pueblos ese legado pues mayor razón existe para afirmar el orgullo. Pues no hay cosa que pueda acendrarlo más que no sea, precisamente, la partida de nacimiento. Por eso la toma de conciencia para preservar la riqueza arqueológica se acentúa en la medida que los pueblos y los hombres comprendan la necesidad de apartar la ignorancia y la apatía, especialmente de aquellos a quienes se les ha cedido la responsabilidad de custodiar la cultura y la historia de los pueblos.
Carache ha sido una región pródiga en restos arqueológicos; no en balde allí se asentaron pueblos indígenas con una rica cultura cuya elaboración de la artesanía fue la herencia que dejaron a los descendientes que hoy laboran con tanta técnica en el acabado de la cerámica cuya belleza podemos apreciarla, especialmente, en la comunidad de Betichope. Toda la región ha sido y sigue siendo un escenario fértil para el estudio de la arqueología. Afamados investigadores de la arqueología han trabajado en el área de Carache cuyas referencias han contribuido a la comprensión de la cultura que caracterizaba a los Andes mismos en la época precolombina. En 1934 Alfred Kidder y su esposa exploraron la zona de Fuera de Venezuela Kidder encontró que la Fase de Carache se relacionaba con el material de la parte sur de América Central y Colombia por compartir características tales, como las bases anulares y las vasijas trípodes de Mirinday y El Chao” (1). En 1951 J. M. Cruxent trabajó en la tierra de Mirinday y también confirma, como Kidder, que los pobladores de esa región habitaron “poco tiempo antes de la llegada de los europeos, a mediados del siglo XVI”. En 1959, B. R.
Lewis también visitó Carache y los restos arqueológicos que encontró los llevó al Museo Universitario de Filadelfia; pero, un trabajo también completo y detallado lo representa el realizado por Erika Wagner, desde octubre de 1963 hasta febrero de 1964, y como ella misma lo dice escogió “esta zona por diversas razones. Primero, allí se habían realizado ya algunas investigaciones y, por lo tanto, se sabía con certeza que los restos arqueológicos eran abundantes. Segundo…desde el punto de vista geográfico y cultural, constituye parte del “Area Intermedia” (Willey, 1959), zona crucial, en tiempos prehistóricos y protohistóricos, para la expansión de los pueblos y difusión de sus ideas por todo el Nuevo Mundo” (2). Como puede apreciarse, no sólo investigadores venezolanos han sabido valorar la riqueza arqueológica que reposa en Carache, sino que investigadores extranjeros han visto en esta zona y su arqueología la posibilidad comparativa de establecer vínculos o lazos culturales con otras zonas de la América. Ello pues contribuye a darle trascendencia a esta zona aún no explorada totalmente.
Sin embargo, y aquí viene el pero, parece ser que eso no ha sido un motivo más que suficiente para que en Trujillo se tome conciencia de la situación. En 1980, el Sr. Carlos Cherubini, maquinista del M.T.C., abriendo carretera por la zona de Sisí, al lado de la Quebrada de la Rosa excavando logra ver una piedra que contenía unos curiosos surcos (ver la fotografía) y como buen acucioso comprendió que era un rico petroglifo, cubriéndolo le informó luego a su sobrino, nuestro amigo Ramón Briceño Cherubini, a la sazón estudiante del NURR, quien, perteneciendo al equipo de arqueología que dirigía el difunto profesor Arqueólogo Felipe Velásquez, dio la razón e inmediatamente se dirigieron al lugar del petroglifo.
En efecto, Felipe impactado comprendió lo trascendental y valioso de aquel hallazgo, pero, desgraciadamente, su muerte prematura no solo enlutó la comunidad rangeliana sino a la investigación arqueológica en Trujillo, que venía adelantando con tan interesantes resultados cuya obra sobre El Jobal, en Motatán es una muestra. Y aquel hermoso e increíble hallazgo de la piedra labrada con una simbología esotérica y misteriosa quedó también huérfana y por demás desvalida, pues nadie se ocupó de ella, ni siquiera los “investigadores” del NURR. Bueno, con sólo ver el laboratorio arqueológico que había montado Felipe ahora cerrado y durmiendo el letargo de la propia indiferencia, tenemos una idea del estado de la investigación arqueológica que se desarrolla en la región. Desgraciadamente Felipe no ha tenido sucesor. El petroglifo de Carache puede declararse, si tomamos en consideración lo que se ha planteado en relación a las piedras descubiertas y estudiadas en Mérida por Jackeline Clarac de Briceño, como Piedra Sagrada. Especulamos en relación a ello, por supuesto, no somos los más indicados pues no somos especialistas en la materia, pero si apreciamos las similitudes culturales entre los Timotes y los Cuicas puede establecerse, como hipótesis, que la piedra de Carache cumple también una función mítico-religiosa. Dice Clarac de Briceño lo siguiente:
Las obras rupestres de los Amerindios no eran sólo artísticas ; los grabados y pinturas puede haber sido el soporte para mitos y ritos, pueden haber sido también un sistema de mensajes codificados, es decir, un tipo de escritura. Los petroglifos, en efecto, pertenecen al mismo contexto que las Piedras Sagradas, ya que tenemos elementos en la Cordillera de Mérida para mostrarlo…Las Piedras Sagradas en América, pueden ser relacionadas también con los petroglifos, los cuales tienen que ver, como las primeras, con la mitología y la historia mitificada de los aborígenes (3).
La inferencia de que el petroglifo de Carache esté caracterizada de esta manera, considerando su cercanía a la Cordillera de Mérida, no le quitaría esta razón, pues, toda la simbología, la expresión de las creencias o la religión misma de los Cuicas, se emparenta con la bondad prodigada según el sincretismo dioses-naturaleza-producción, porque al igual que los campesinos de Mérida, como dice Clarac de Briceño, apreciamos en los de Trujillo su creencia en “que hay “poderes” en la naturaleza”.
Pues bien, este petroglifo de Carache, que puede simbolizar la mitología de los Cuicas, repetimos, después de la muerte de Felipe, quedó desvalida, aun de los que deberían, por orgullo de tener esa reliquia, cuidarla o protegerla. Está desguarnecida y para colmo de la indolencia y de la ignorancia comienza a ser destruida. Empezando por el árbol frondoso que la cubría y protegía fue derribado y pareciera ser, por la siembra que hoy la circunda, que le estorba a quien aprecia más la posibilidad de adquirir un kilo de tomates, según es la siembra a su alrededor, que el carácter de reliquia arqueológica. Esto lo decimos pues, atendiendo a la invitación de Ramón Briceño Cherubini y del señor Carlos Cherubini, estuvimos en presencia de la piedra, sirviendo de testigo el profesor Azuaje en representación de la propia Alcaldía de Carache, quien, gentilmente, nos llevó hasta el lugar.
Esta vez volvemos a pedir la atención al Dr. Pancho Crespo, y disculpe pero es Ud. la máxima autoridad de la cultura trujillana y además, porque hace pocos días, en el evento del “Encuentro con el Padre Rosario” realizado en Mendoza, le vimos en su discurso mucha vehemencia en su preocupación por la pérdida de las reliquias históricas de Trujillo. Pues bien, Dr. Crespo, la reliquia arqueológica de Carache, el Petroglifo de Carache, necesita urgentemente de una decisión seria y responsable en cuanto a preservarla y rescatarla. Carache, aun cuando sus habitantes miran hacía Barquisimeto, es, de todos modos, trujillano. Es cuestión de ponerse en contacto con el Alcalde, quien se comprometió con Ramón Briceño Cherubini a ocuparse del caso, y solicitarle al Coordinador de Cultura de aquella población que termine de llenar los tantos papeles de que se ocupa y que se tome un momento para subir hasta el lugar del petroglifo -¡que lo conozca !- y aplique las medidas que le competen. A lo mejor, la posteridad se los agradecerá.
CITAS : (1) Wagner, Erika. La prehistoria y la etnohistoria del área de Carache en el occidente venezolano. Pág. 21 (2) Ibid. Pág. 7. (3) Mérida a través del tiempo. Los antiguos habitantes y su eco cultural. Pág. 205.
NOTA: este articulo lo escribimos el 19 de julio de 1998 y, luego, lo presentamos en nuestro trabajo: “Estampas y semblanzas trujillanas (Edit. Arturo Cardozo. Trujillo. 2005. Pág. 43). Fue una visita que hicimos, por invitación de nuestro recordado amigo Ramón Cherubini quien, como gran cultor y celoso por la cultura y la historia, se preocupó y nos invitó y allá estuvimos. En aquel tiempo hicimos un llamado al entonces Alcalde de Carache. Pero, hoy, confesamos que, no sabemos, si se acogió aquella llamada, o se rescató la piedra. Si no se hizo, sería bueno que nuestro amigo Iglesias, actual alcalde de Carache, tomara cartas en el asunto. Es una joya, es una reliquia y un buen regalo de la Pachamama, hoy en su día.

